Nos gustan los clásicos X: 6. La señora Dalloway (Virginia Woolf)

 


"La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores. " Así comienza el relato en el que Virginia Woolf nos narra el día en que Clarissa va a celebrar una fiesta a la que acudirán personas de la alta sociedad londinense. 

Woolf no nos presenta un libro de acción, no se espera un giro radical en los encuentros de los personajes del pasado, o un final sorprendente que los enfrente cara a cara con su realidad interior expuesta en la fiesta final. Woolf solo los hace reflexionar y no lo hace en un modo convencional, lo hace tejiendo pensamientos con las palabras.

Los personajes-pensamiento.

Woolf abarca desde la alta sociedad representada por la señora Dalloway, en ese mundo tan comedido ahogándose entre apariencias, junto con su marido Richard incapaz de mostrar sentimientos como el amor -solo hay flores, sin palabras-,  y el pausado Hugh; aborda la pasión de su juventud, que aún permanece latente en su interior, de su amigo-novio de juventud Peter quien vive el impulso en cualquier momento y su amiga Sally -amor y libertad sexual- en contraposición a la comedida Dalloway. No olvida incluir el momento histórico vivido en la agonía de Septimus incapaz de superar la guerra y  la de su esposa, sintiéndose impotente en la búsqueda de una solución ante la flemática observación del resto de la sociedad, cuya única propuesta ofrecida es apartarlo de la misma. Por último, también incluye la asfixiante y turbia relación por parte de la institutriz Kilman respecto a la hija de Clarissa.

El tejido de pensamientos

Reconozco que me gusta deleitarme buceando entre las reflexiones, angustias y dudas de los personajes. Me parece absolutamente original el modo en el que enlaza la cotidianidad del momento, lo que ve, oye  y siente del entorno, con la profundidad del pensamiento que aflora en sus cabezas en ese momento. 

Woolf imita a la perfección ese caos del cerebro en ebullición, en enormes frases de comas y puntos y comas. Y, lo confieso, me costó acostumbrarme al principio. 

A lo que no pude acostumbrarme fue a la mezcla de pensamientos. En bastantes ocasiones Woolf pasa de un personaje a otro sin aviso previo, sin separar por capítulos o un párrafo o frase que nos introduzca en el cambio de protagonista. Admito que eso me produjo en más de una ocasión un cortocircuito, y en el momento que me daba cuenta que era el hilo de pensamiento de otro personaje,  reseteaba y tenía que releer la escena con la nueva imagen en mente. 

El fin de la fiesta (spoiler)

El libro termina en la fiesta donde todos los personajes confluyen, incluido el mismo Septimus en forma de noticia de su suicidio. Tal vez, cabría esperar que ese momento fuese el cumbre para reconocer los sentimientos a viva voz, ese paso a la necesidad de conventirlos en realidad. Pero no es así. Woolf no hace un final de película hollywoodiense, de hecho, ni siquiera es la propia Clarissa Dalloway quien cierra el pensamiento del libro, sino Peter,  admitiendo la importancia y presencia de la protagonista.

¿Qué era aquel terror?, ¿qué era aquel éxtasis?, se preguntó Peter ¿Qué es esto que me llena de tan extraordinaria excitación? Es Clarissa, dijo Peter. Sí, porque allí estaba




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