Nos gustan los clásicos X: 4. La guerra de los mundos (H.G. Wells)

 


Cuando uno se adentra a la lectura de "La Guerra de los Mundos" de Wells no debe olvidar que el autor describe una invasión alienígena en 1898, ¡hace 128 años! 

Wells nos relata la llegada de unos extraños cilindros desde el planeta Marte, del que salen los consabidos marcianos verdes con tentáculos, nada amigables. Lo encomiable de la obra es que el autor es capaz de imaginar los nuevos seres, su universo y sus rayos destructores llegando a la Tierra de aquella época y que, aunque son aún marcianos "rudimentarios", están a años luz de la tecnología terrestre que lucha contra ellos a cañonazos.  

En el libro no vamos a encontrar una literatura de gran estilo -a mi gusto se pierde a veces en nombrar el recorrido por las calles de Londres y por los pueblos cercanos desde los que parte la invasión-, pero consigue describir maravillosamente desde mi punto de vista, las reacciones humanas ante esa situación: la curiosidad inicial, el miedo y terror ante la evidente superioridad del invasor, la huida descontrolada en las ciudades, la lucha por la supervivencia y la incapacidad humana de resolver el problema siendo la Naturaleza la que finalmente nos saque del apuro.

A pesar de la época, las reacciones humanas permanecen. 



Wells no olvida hacer una crítica social y reflexión sobre la vida humana. 

La compañía del cura le lleva a cuestionar la utilidad de la religión ante este tipo de acontecimientos


-¿De qué sirve la religión si deja de existir ante las calamidades? Piense en lo que ya hicieron a los

hombres los terremotos, inundaciones, guerras y volcanes.

¿Creía usted que Dios había exceptuado a Weybridge?...

¡Vamos, hombre, Dios no es un agente de seguros!


Y, cuando la calma se instala, nos ofrece en la conversación del protagonista con el soldado una reflexión sobre el ser humano como especie ¿somos una especie preparada para vivir ante las adversidades o, por el contrario, nos perdemos en la debilidad y el miedo?


—Esto no es una guerra—continuó el artillero—. Nunca lo fue.

Tampoco las hormigas pudieron hacernos la guerra a nosotros.



Destacaré el final que elige Wells para los marcianos: las bacterias, los microorganismos... en definitiva, solución ajena al hombre, nos resuelven la supervivencia. El autor nos deja enfrentándonos a nuestra propia debilidad que, lejos del abismo tecnológico que nos separa del momento en el que escribió el libro, sigue siendo totalmente vigente.




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